San Francisco de Asís, algunas de sus virtudes.


Pero ¿quién podrá dignamente referir las admirables y altísimas virtudes de este serafin? Quererlas escribir es entrar en la inmensidad del mar Océano ó en un profundísimo abismo sin suelo... Y comenzando por su penitencia, castigaba su cuerpo con grande aspereza, y apénas tomaba lo necesario para la vida; y solía decir que era muy dificultoso satisfacer á la necesidad del cuerpo, y no obedecer á las inclinaciones sensuales. Cosa cocida rara veces (estando sano) la comia, y cuando la comia le echaba encima ceniza ó agua para hacerla desabrida. Bebia agua cruda; pero con mucha templanza, por grande sed ó calor que tuviese. Cada día, como si fuera novicio, hallaba nuevas maneras de mortificarse y de afligir su carne. Cuando salía fuera á predicar comia lo que le daban. Su cama ordinaria era el suelo, y las más veces dormia sentado, poniendo por cabecera un madero ó piedra. Andaba vestido con una sola y pobre túnica; y preguntado cómo podia sufrir el rigor del frío con tan poca ropa, respondía que con el fervor del espíritu. No consentía blandura en su vestido... y cuando sentía alguna blandura en su túnica tejíala por de dentro con unas cuerdas, de manera que estuviere áspera...

¿Qué negocios (decía el santo) tiene un religioso que tratar con las mujeres, si no es cuando las oye de confesion ó cuando les da una breve instruccion para mejorar su vida? El que se tiene por seguro no es cauto; y hallando el demonio de donde asir, aunque sea de algun cabello, hace terrible guerra...

Con esta extremada aspereza juntó san Francisco una profundísima humildad, porque fue humildísimo y en sus ojos muy vil, y deseaba que todos le tuvieran por tal y ser vituperado, y huia de las alabanzas... De esta humildad nació el no haber querido ordenarse de sacerdote y haber quedado siempre en el grado de diácono...

De esta misma humildad nacia el amor entrañable que tenía á la santa pobreza, á la cual llamaba reina de las virtudes, por haber sido tan amada del Rey del cielo y de su sacratísima Madre...

Otra vez en otro camino se le aparecieron tres doncellas pobres y muy semejantes en la estatura, rostro y edad, que eran la pobreza, castidad y obediencia; y saludándole dijeron: En buena hora venga la señora pobreza; y con esto desaparecieron.

La Leyenda de Oro, tomo tercero. Vidas de todos los santos que venera la iglesia. Barcelona, Sociedad Editorial La Maravilla, MDCC LXVI, pp. 177-179.